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Siempre es muy gratificante que un amigo te confíe guardar sus recuerdos pero, cuando se trata de una persona que, bien podría ser tu hermano, la presión y el honor se elevan a la máxima potencia. Más de 25 años de vida compartidos no son pocos, por eso, y aunque resultara pesado, no quería que un «mal cuadre» de agendas me privará de poder estar junto a Edu y Bex en el día más feliz de sus vidas. A las pocas horas de que mi amigo pegara el rodillazo, estábamos al habla organizando todo.

Aunque todo el que lea esto pensará que esta boda es muy especial por el lugar en el que se desarrolla, para mi lo es más por las personas que le dan vida a esta historia: mi amigo Eduardo, un tipo con las ideas claras, con un gran espíritu de superación, inconformista por naturaleza y perseguidor nato de la excelencia; y la, hasta entonces, Srta. Mitchell, británica por definición y convicción, capaz de dejar su tierra por el amor de su vida, y sobre todo, una persona con todos los «checks» tachados de la lista de requisitos en una mujer para Edu, y eso es, sencillamente asombroso.

Llegaron, por fin, los días de boda, y  hasta allí nos desplazamos varios amigos para conocer mejor el entorno en el que Edu y Bex se conocieron. Desembarcamos en Dublín, donde pasamos una tarde, en la que pudimos visitar la zona de Temple Bar y pasear sus calles a ambas orillas del río Liffey. Días más tarde exploramos la costa norirlandesa desde el Castillo de Carrickfergus a la Calzada del Gigante, pasando por Carrick-a-rede. Quedamos extasiados por tanto verde y por unos paisajes que quitaban el hipo.

Amaneció el día de la boda con un clima típico británico, nublado y con algo de llovizna haciendo presencia a intervalos. Algo, a lo que están muy acostumbrados por aquellos lares, y que a los invitados foráneos, no les supuso molestia alguna para disfrutar de una bonita ceremonia metodista en la iglesia Knockbreda. Después fuimos a celebrarlo al fantástico Club de Golf & Country Edenmore, dónde pudimos disfrutar de sus maravillosos campos de golf, con unas vistas, y un entorno, inmejorables. La banda Mother’s Little Helpers fue la encargada de poner el broche de oro a un día en el que los novios compartieron sus sentimientos con todos sus seres queridos.

Al día siguiente, y todavía con el buen sabor de boca que nos dejó la fiesta de la boda, los recién casados, y su fotógrafo de bodas de destino, fuimos a dar un paseo por el centro de la ciudad de Belfast, visitando también su interesante Jardín Botánico.

Esta es la historia de amor en unos de los días más felices (porque los más, están por llegar) en la vida de un español y una british. Espero que disfrutéis reviviendo estos días, casi tanto como yo disfruté de mi primera aventura en una boda de destino. Go!


It’s always gratifying when a friend entrusts you with safeguarding their memories but, when it’s a person who is more brother than friend, the pressure and the honour skyrockets. More than 25 shared years of life is not insignificant and for this (although the pressure was on) I didn’t want to miss the opportunity of being with Edu and Bex on the most special day of their lives. So, within hours of my friend getting down on one knee the planning commenced.

Although those who read this will think that the beauty of this wedding was its stunning location, for me it was the couple who gave life to this story; my friend Eduardo, a guy with clear ideas, a spirit of determination, born pursuer of excellence; and of course Miss Mitchell, Northern Irish born and bred, who left her country for the love of her life, a person who ticked all the boxes for being Edu’s wife (which was no mean feat).

As the big day drew closer a group of close-knit friends journeyed to the place where Edu and Bex met. We landed in Dublin and spent the afternoon in the legendary Temple Bar area and walked along the banks of the River Liffey. A few days later we explored the Northern Irish Coast, from Carrickfergus Castle to the Giant’s Causeway via the infamous Carrick-a-rede rope-bridge. We were blown away by the incredibly green landscape and views over the Irish Sea.

The day of the wedding dawned in typical British fashion; with cloudy skies and intervals of rain. The Northern Irish locals were well accustomed to this and the foreigners didn’t let a little rain dampen their wedding spirits as they made their way to Knockbreda Methodist Church. After the ceremony the celebrations continued at Edenmore Golf and Country Club, where we could enjoy the stunning views of sweeping countryside. Mother’s Little Helpers, the wedding band, led the bride, groom and their loved ones to the wee hours of the morning, celebrating in true Irish style.

The following day, still on a wedding high, the newly-weds and their destination wedding photographer took a walk (and many photos) around Belfast city centre, even going as far as the magical Botanic Gardens.

This is the love story of one (because the best are yet to come) of the happiest days in the life a Spanish guy and a Northern Irish girl. I hope that they enjoy reliving these days almost as much as I enjoyed my first adventure as an international wedding photographer.


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